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Turhistórico

Estatua ecuestre de Felipe IV: la escultura imposible

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La estatua de Felipe IV es un prodigio escultórico que esconde en su interior una historia apasionante.

Está situada en la Plaza de Oriente, muy cerca del Palacio Real y el Teatro Real.

No sólo es un símbolo de riqueza poder y prestigio, sino una demostración impresionante de lo avanzadas que estaban las técnicas de ingeniería en la Europa del siglo XVII.

¿Dónde está el monumento de Felipe IV?

Antes de nada, para poder disfrutar de esta visita, lo primero que necesitas es poder llegar allí, por eso te dejo un mapa con algunos otros lugares interesantes por la zona, como la Torre de los Lujanes.

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¡Antes muerto que sencillo!

El siglo XVII español, también llamado el “siglo de oro”, es un momento agridulce y de profundos contrastes sociales.

Es el preludio del desmoronamiento del imperio español, que culminará en el reinado de Carlos II “el hechizado”, hijo de Felipe IV y el último de los Austrias.

Quizá sea precisamente por eso por lo que paralelamente, se experimentó un impresionante despliegue en el mundo cultural y de las artes, tal vez como un intento de compensar la profunda depresión política que se estaba viviendo.

Felipe IV fue, ante todo, un rey ilustrado, un espléndido mecenas y protector de la cultura.

Pintores como Velázquez o Zurbarán, poetas como Góngora o Quevedo, y dramaturgos como Lope de Vega, Calderón de la Barca o Tirso de Molina, transmitieron en sus obras a los siglos venideros esa sensación de impotencia y derrota que debió marcar a toda una generación.

Era esa España de la picaresca y la hidalguía, en la que es más importante mantener la apariencia de grandeza de cara al exterior, que la realidad de un reino en bancarrota asolado por los enemigos y las deudas.

Una España desesperada por mantener su hegemonía en Europa, en un constante pulso con Francia y las Provincias Unidas, que se perderá con las firmas de la paz de los Pirineos y el tratado de Westfalia.

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Regalos para distraer a un rey

En este contexto tenemos a Felipe IV, ese rey mecenas y amante de las artes que disfruta más de las fiestas, las visitas al corral de comedias y la caza, que de atender las responsabilidades de gobierno (ya hablamos en su momento de sus pasiones con La Calderona).

Es precisamente por eso, que al igual que había hecho su padre (Felipe III) con el duque de Lerma, decide delegar gran parte de esas funciones en un valido, en este caso, Gaspar de Guzmán conde-duque de Olivares.

Y es que Olivares, fue en realidad el mandamás de la España del siglo XVII.

Hombre tan inteligente como controvertido, desde el principio trató de combatir la corrupción generalizada que se había instaurado en el reino en tiempos de Felipe III, para lo cual entre otras medidas ordenó inventariar la fortuna de todos aquellos que habían tenido un papel relevante con el anterior soberano, para ver quienes habían metido la mano en la caja.

Evidentemente, esto le supuso la enemistad de la nobleza desde el primer momento (sobre todo porque durante su valimiento, más que reducirse la corrupción, lo que ocurrió es cambió la identidad de los corruptos).

Además, Olivares se dio cuenta desde el principio que era mucho más práctico mantener al rey ocupado en sus aficiones para así gozar de mayor libertad en el ejercicio del gobierno.

Esto fue algo que fomentó ordenando entre otras cosas la creación del Palacio del Buen Retiro, que tenía su antecedente en el “Cuarto Viejo” que Carlos I se mandó construir cerca del Monasterio de los Jerónimos para pasar momentos de retiro.

La idea de este Palacio del Buen Retiro, era crear una especie de burbuja en la cual el rey pudiese disfrutar de la naturaleza y sus aficiones de la caza y la pesca, para así mantenerle apartado de los asuntos realmente importantes.

La estatua de Felipe IV

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Como ves, al final la estatua no era más que otra de esas chucherías para distraer al monarca, y fue el propio conde-duque quien la mandó realizar.

La idea era impresionar al rey con la creación de una estatua que desde el principio debía ser más espectacular que la de su padre Felipe III (que hoy podemos contemplar en la plaza mayor).

Ese fue precisamente el motivo por el que se decidió que la estatua debía ser diferente a todo lo que se había hecho hasta el momento.

El desafío de hacerla en corveta

Para crear algo absolutamente original, se decidió que la estatua debía representar al soberano montando un caballo encabritado con sus dos patas delanteras en el aire (lo que se conoce como “postura en corveta”).

Evidentemente, esto planteaba un desafío técnico que tuvo que ser resuelto de una manera absolutamente original.

Se cuenta que el escultor Pietro Tacca (responsable de la estatua de Felipe III), pidió ayuda a Galileo Galilei uno de los más afamados genios matemáticos del momento para resolver el problema.

La solución que Galileo planteó era doble:

Por una parte, la utilización de un sistema interno de 3 vigas metálicas, disimuladas en el interior de las patas traseras y la cola, soldadas a otras dos vigas de mayor tamaño que discurren en horizontal por todo lo largo del pedestal.

Por otra, se jugó con la anchura de la fundición de la estatua, así, mientras los cuartos traseros son prácticamente macizos, la parte frontal de la obra es prácticamente hueca.

Todo esto se hizo con la técnica de la cera perdida que puedes ver en este vídeo.

El mito de las patas

He oído en varias ocasiones una leyenda urbana que dice que podemos saber cómo murió el personaje representado en función de la postura de las patas del caballo.

Según esta teoría, cuatro patas en el suelo indican una muerte natural, tres indican que el representado murió a causa de las heridas en batalla, mientras que una representación en corveta como la de esta obra indicaría que el personaje en cuestión murió en combate.

La estatua de Felipe IV es un excelente ejemplo para desmentir esta leyenda, ya que el soberano murió de disentería y que yo sepa lo más cerca que estuvo de una batalla en su vida fue el episodio en que partió a Cataluña para atajar la sublevación de 1640, y ni la olió porque llegó tarde.

Además, como hemos visto, el hecho de representarle con el caballo encabritado era simplemente para tener una escultura más impresionante que la de su padre.

En cualquier caso, la estatua de Felipe IV sigue ahí, con todos sus secretos y su impresionante porte.

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